NACE CALA

Actualizado: abr 10



Parto y nacimiento autogestionado de Cala

Menorca, 19 de mayo de 2017


La  señal llegó. Así como en el parto de tu hermano, 5 años antes, un pequeño poro en la bolsa, unas gotitas de líquido se dejan sentir saliendo por mi vagina. Son las 2 de la noche. Observo mi cuerpo. Hay  algunas ráfagas suaves, me sonrío, ya estás cerca. Decido dormir felizmente.


A las 6:30 oigo como mi compañero se levanta para ir a trabajar. ¿Le digo algo? No, no quiero a nadie pendiente.


Sobre las 8:30 mi hijo mayor se despierta y nos levantamos. Él será mi cómplice, pues no va a generar ninguna presión ni expectativa sobre mí... ¡Bendita pureza! Le explico que su hermana ya está cerca, que tal vez hoy o mañana se deje ver.


Las ráfagas siguen y yo estoy con mucha energía. Me pongo a limpiar toda la casa mientras acompaño a mi hijo.


Hacia el mediodía tengo ganas de no cuidar, de estar sólo por mí y llamo a mi pareja para contarle la situación. Él ofrece venir pero yo sigo sin querer a nadie en casa pendiente de mí. Quiero estar sola. Cojo el coche y llevo a mi hijo a la casa donde está trabajando mi pareja. Se  lo dejo, nos abrazamos y me vuelvo para casa. De camino se me antoja un bocadillo de salchichas con queso así que paro en una tienda a por los ingredientes.


Llego a casa, me preparo el bocadillo que me sabe a gloria y pienso en ver una peli. Después de 4 intentos fracasados (unas muy ruidosas, otras demasiado tristes…) apago el ordenador y me doy cuenta de que lo que necesito es seguir activa, que tumbarme no me sienta  bien. Así que sigo limpiando y recogiendo más y más. Cocino para el parto: una sopa de miso, una tortilla de patatas.


Hacia la tarde quiero salir a andar pero no me siento segura de ir sola pues no hay cobertura y la idea de parir por ahí y tener que volver andando con placenta e hija en brazos no me seduce... Llegó el momento de pedir a mi compañero que vuelva a casa con mi hijo para salir todos juntos.


Llegan sobre las 18:30 y mis ráfagas son bastantes fuertes y regulares, siento que el mar me llama, está muy cerquita así que vamos hacia  allá. Mi hijo recoge flores de los jardines de camino. Andamos tranquilos y felices. Llegamos a nuestro rincón entre rocas. “Cala  pedretes”, le llamamos.


El mar está bastante picado y las olas se estampan contra las rocas. La sensación de fuerza de las aguas acrecenta la intensidad de mis ráfagas. Mi hijo ofrece las flores al mar y pide que el parto vaya bien. Yo sonrío, mientras observo sentada encima de una gran roca salpicándome de mar cómo se quitan la ropa y entran en las aguas aún frías de mayo. Lo siento como una purificación, una bendición.


Sobre las 20:00 empiezo a sentir que si seguimos algunos minutos más ahí creo que no podré volver caminando hasta casa, hay que volver.


La subida se me hace difícil, me cuesta no gemir cuando vienen mis olas. Ando un paso tras otro, quiero llegar. Por fin en casa. Aún quiero cuajar la tortilla que dejé a medias y me dispongo a ello mientras mi pareja me pregunta si monta la piscina. Yo, siempre queriendo pensar que pueden faltar días de esa intensidad para recoger a mi hijita, le digo fervientemente que no, que aún es pronto.


Las luces me molestan, mi hijo enciende velitas por toda la casa y cena para irse a dormir. Hoy es mi pareja quien le cuenta el cuento mientras yo estoy  gimiendo como loba sentada en la pelota apoyada en la butaca del salón, a dos metros de la cama donde mi hijo intenta dormir. Oigo cómo pregunta, "¿por qué chilla tanto?". Y mi compañero le responde, "porque le duele".

En  ese pequeño instante, teniendo al niño en la cama, cena hecha, luces apagadas, todo limpio y en orden, todo cambia. Pierdo el mundo de vista y empiezo a pedir que quiero entrar en la piscina ¡YA!


Mi pareja se apresura, hay que calentar ollas (gigantes) para llenar esos 500l de agua calentita. Entro cuando aún no está llena del todo, pensando que iba a aliviarme enormemente, que iba a dar paro a la intensidad de mis  ráfagas o por lo menos a su frecuencia, pero no: aunque estoy a gusto ahí dentro, la intensidad sigue.


Al rato me oigo decir que no puedo más, a lo que mi pareja responde con un simple gesto despreocupado, "¡claro que puedes!".

No me siento bien en el agua, empiezo a andar a cuatro patas dando vueltas, quiero salir, me pongo en pie y me doy cuenta que mi cuerpo puja. Toco mi vagina y me encuentro con la cabecita de mi hija ahí mismo.


Mi pareja me ayuda a salir mientras mi hijo se despierta y lo  llama desde la cama. Él va a ver qué necesita mientras mi cuerpo puja con todas sus fuerzas de pie en el salón. Siento como corona su cabecita y acompaño mi perineo ejerciendo ligera presión con mis manos. Siento el aro de fuego y dejo de pujar, nace la cabeza. Me agacho, en cuclillas ahora vuelve mi pareja, mi hijo no ha querido salir, un poco impactado por los gemidos guturales que salen de mí.


Yo le pregunto, "¿qué  ves?", a lo que él responde, "una cabeza". Espero la siguiente  contracción mientras su cabecita cuelga entre mis piernas y vuelvo a pujar, necesito 4 pujos más para poder ayudar a salir de mi cuerpo a esta hermosa bebota. La recojo, escurridiza, entre mis manos y nos abrazamos. El mejor abrazo de mi vida. Son la 01:57 y ya está aquí conmigo, con nosotros. Sale su hermano y pregunta que qué es eso que sale de mi vagina. El cordón, le respondo, y se vuelve a la cama.


Me siento en la butaca, ¡es una bebé enorme! Bien rosadita y pelona, apenas llora, me mira fijamente y empieza a mamar.


Unas contracciones fuertes empiezan a recordarme que el parto no ha terminado, que mi cuerpo está queriendo expulsar la placenta. Me pongo en pie mientras la cojo con una mano, busco posturas que me permitan pujar. Las ráfagas ahora son otra vez muy muy fuertes, ¡no me lo esperaba!


Busco la manera, hago pis, masajeo mi útero, no hay ningún sangrado y yo me encuentro bien aunque me cuesta sostener el dolor de estas contracciones. Llamo por teléfono a una amiga, me calma, me pregunta si hice pipí, que cómo me encuentro y que me calme, que ya  saldrá… Cuando viene una contracción no puedo hablar, sólo chillar y le cuelgo.


Llevo dos horas de contracciones muy fuertes y empiezo a plantearme si ir a un hospital. No, no puede ser, ahora no, todo está bien, he conseguido mi sueño, esto lo voy a solucionar, me digo.


Corto el cordón y doy la beba al papá con quien se queda tranquila y feliz.

Empiezo a pujar muy fuerte en cuclillas, pudiéndome agarrar bien ahora que vuelvo a tener dos manos. Oigo a mi hija quejarse y me enrollo con dos vueltas el cordón a mi puño y en la siguiente contracción tiro de él  mientras pujo con todas mis fuerzas. Sale placenta y un gran charco de sangre, todo a la vez. Lo dejo todo en suelo mientras recupero a Cala en mis brazos. Ahora sí, ya está todo, puedo tumbarme en el sofá y fundirnos en nuestra nube de amor infinito.


Es el día más feliz de mi vida. Atravesé la puerta y tras ella encontré mi Poder. Soy Invencible, me digo.

©2019 Parir en Libertad

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