ARRIONDAS

Hospital de Arriondas, Asturias. Mayo-Junio 2016.

Cuando saben que no vas a obedecer.

 

Era mi segundo embarazo y esperaba el parto para mediados de Mayo del 2016. Viví mi primer embarazo con total tranquilidad, sin contratiempos ni presiones. Solo tuve una ecografía por trimestre y nunca llegue a tener controles de monitorización fetal al final del embarazo.

 

En cambio, los problemas y mi enfado comenzaron pronto en mi segundo embarazo. En el primer trimestre me comunicaron que mi bebé tenía un alto riesgo de tener una enfermedad cromosómica. El obstetra de turno, tras hablarme de la importancia de confirmar esa sospecha, y del riesgo alto de aborto de la amniocentesis, me dirigió amablemente a su clínica privada donde podrían, tras pagar una buena cantidad de dinero, analizar mi sangre y saber con más seguridad si mi bebé tenía alguna alteración cromosómica y así evitar realizar la amniocentesis.

 

Poco más tarde conocí a otras mujeres que también fueron derivadas por el mismo obstetra a la misma clínica privada. Esto me enojó enormemente, pues entendí que ese médico en concreto se estaba beneficiando de la vulnerabilidad de las mujeres embarazadas, y de cómo el sistema nos infunde primero el miedo para luego lucrarse de él. Nunca más pude confiar en ese obstetra, a quien seguiría viendo en posteriores consultas.

 

En la ecografía del 2º trimestre, etiquetan mi embarazo de Alto Riesgo. Un riñón de mi bebé parecía no estar en el lugar habitual. Aun recuerdo las expresiones de perplejidad y pánico de los médicos cuando me lo comunicaban. Yo solo pensaba, “bueno, se puede vivir con un solo riñón, no es tan grave, ¿no?”. Decidieron derivarme al Hospital de Cabueñes (Gijón), donde realizaron todos los exámenes oportunos para mostrar que el riñón de mi bebé se encontraba un poco más abajo, en la zona pélvica y que su función era totalmente normal.

 

Desde ese momento en el hospital de Arriondas nunca dejaron de considerar que mi embarazo era de alto riesgo y estas palabras se repetían en cada consulta a pesar de que mi bebé estaba totalmente sano. No tenía ninguna alteración cromosómica, ni alteración de la función renal, ni problema asociado a la posición pélvica del riñón... Realmente no estuvieron seguros del alcance de la anomalía del riñón hasta realizar ecografías tras el nacimiento. Durante un tiempo me citaban con frecuencia en el hospital. Siempre transmitiéndome una sensación de inquietud e inseguridad, que no conseguía comprender porque todo evolucionaba perfectamente.

 

Llegada la fecha probable de parto me citan un día antes para realizar un control de bienestar del bebé (CTGB). Era el 16 de mayo. Siempre tuve la sensación de que este embarazo tenia otro ritmo, de que se iba a retrasar el parto mas allá de la fecha probable y que era demasiado pronto como para iniciar este proceso de controles sucesivos. Semana 41, nuevo CTGB y ecografía. Todo evoluciona normal. Yo aun sin sensación de parto cercano. Comienzan los controles cada 2 días. En la siguiente consulta (41+2) comienzan a hablarme de la inducción en caso de no ponerme de parto por mí misma.

 

Nuevo control a los 3 días (41+5), con resultados normales, sin indicios de riesgo alguno de seguir esperando. Aun así me quieren citar para inducir al día siguiente. Les expreso mi deseo de no hacerlo, de querer esperar mientras el bebé esté bien y mi intención de parir en casa con una matrona experimentada, igual que lo hice cuando nació mi hijo anterior. Me niego a la estimulación con Hamilton y consigo salir de allí con nueva cita en la semana 42. Más tarde, en alguna de las consultas posteriores, acepto y permito que me realicen la maniobra Hamilton, sin éxito.

 

A partir de entonces, no pude enfrentarme sola a las consultas, y casi “obligaba” a mi compañero a que me acompañara porque era mucha la presión a la que me sometía. Me trataban de una manera paternalista, como si yo no supiera nada, como si fuera una caprichosa y sin sentido. Ellos eran los que tenían que decidir por mí. Me hablaban de los riesgos para el bebé si no nacía pronto y me sacaban sus estadísticas y estudios que avalaban esa indicación. Yo sentía estar muy bien informada y segura de la decisión que estaba tomando. Sabía que en otros países manejan la espera del parto de otra manera, estaba informada de los riesgos asociados a una inducción, de sus altas posibilidades de fracaso y de que acabara en cesárea. Y sobre todo confiaba en la capacidad de mi bebé para iniciar su trabajo cuando estuviera preparado.

 

Recuerdo conversaciones con mi matrona, quien me recordaba mis derechos. El derecho a no inducirme y seguir esperando, así como el derecho al seguimiento y control del bebé para que esa espera fuera segura. Lo que llaman “manejo expectante del parto”.

 

En la semana 42: Ecografía y monitor fetal totalmente normales. Yo me reafirmo en mi decisión de seguir esperando mientras el bebé estuviera bien. La presión médica aumenta, y los mensajes cada vez son más amenazantes y violentos. Las palabras “alto riesgo” y el trato infantilizante siempre subyacían. La tensión en la consulta era cada vez mayor y se hacía muy duro sostenerla. Además, sabían mi deseo de parir en casa y que no iba a obedecerles.

 

Nuevo control. Ya 42 semanas más 2 días. En la consulta me espera todo un comité médico al completo. Unas 7 ginecólogas con sus batas blancas se posicionan delante de mí, sin avisar. Comienza la coacción descaradamente. Quieren inducirme el parto inminentemente, en ese mismo momento, no me dan opción. Continúan las bombas del tipo "tú no sabes nada y te voy a decir yo lo que tienes que hacer", "no puedes seguir esperando porque no solo es tu vida y no puedes decidir por la vida de otro". La ecografía y el monitor siguen siendo totalmente normales, incluso el líquido amniótico es abundante. El cérvix no está aun preparado, no hay riesgos reales para el bebé, y el informe médico no dice lo contrario. Pero ellos siguen jugando a la carta del bebé muerto y solo me hablan de la evidencia en cuanto a riesgos potenciales catastróficos y protocolos preventivos internacionales. Querían que obedeciera. Tratan de convencerme con el argumento del embarazo de alto riesgo de nuevo y pretenden dejarme ingresada monitorizada continuamente, ¡como forma de retenerme!

 

Ante mi negación para quedarme allí, fue cuando me dijeron que llamarían a la Guardia Civil para conseguir una orden judicial y poder inducirme a la fuerza. Así tal cual, me lo dijeron a la cara. Yo solo pensaba "¡¿cómo puede estar ocurriendo esto?!" "no puede ser real". Me pidieron que esperara en la sala de espera hasta que llegaran con la orden judicial. Mi compañero estaba conmigo. Aún me pregunto cómo no me fui corriendo de allí. ¿Cómo pude quedarme en esa sala de espera, esperando que la guardia civil me llevara detenida al paritorio?

 

Después de un largo rato... ¡La orden del Juez no llegó! El Juez, valorando los informes médicos y lo que le contaron, no dio la orden esperada de ingreso forzoso. Explicó que si el bebé no estaba en riesgo y la madre disponía de plenas capacidades mentales, no podía dar una orden de ingreso. Las ginecólogas me informaron de que me podía ir pero que debía volver diariamente.

 

Aun volví dos días más. Recuerdo mucha ansiedad y la tensión en mí aumentaba. Salía muy agobiada de cada consulta y con una necesidad brutal de llorar y liberar la angustia. No me daba tiempo a recuperarme de las altas dosis de miedo, inseguridad y juicios a las que me exponía en cada consulta. Me sentí perseguida. Sabía que el clima de pánico en el que me veía no ayudaría a que se desencadenara el parto. Quería esperar a que mi bebé decidiera el momento de nacer pero no confiaba en mi capacidad para soportar la presión, la persecución y poder sentirme tranquila en la espera. Busqué maneras no invasivas de iniciar el parto, probé con casi todo lo que estaba en mi mano. A las noches me entraba una inmensa tristeza...

 

Era un viernes 3 de Junio. No quería volver más al hospital, ni comenzar una semana más acudiendo a controles. Decidí ponerme un límite, no podía mas. Mi matrona me comentó la opción de usar aceite de ricino y probar con una inducción en casa. Al caer la noche del sábado tomé la primera dosis, no fue suficiente y tomé otra dosis en la madrugada. Las contracciones llegaron dos horas más tarde y se siguieron rápidas e intensas. En 5h, al amanecer, abrazaba a mi hijo ya en brazos.

 

El calor humano fue fundamental para resistir... El apoyo de mi compañero, las conversaciones con amigas que me hablaban de sus partos inducidos finalizados en cesáreas, mi matrona que me daba información, fuerza y confianza. Era empoderante tener información sobre mis derechos y conocer la evidencia científica, saber que en otros países las cosas se hacen de manera diferente, y que lo que ocurre en España no responde a las recomendaciones internacionales. Fue fundamental saber todo esto para poder seguir afrontando las consultas y mantenerme firme en mi decisión.

 

Mi deseo no era inducirme, pero me vi obligada por las circunstancias... Quizás mi hijo hubiera tardado aún más días en nacer ¿o no? Eso nunca lo sabré.

Diciembre 2019

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