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CARTA AL GINECÓLOGO

Estimado señor A.,

 

Me encantaría poder pedir una cita con usted. Me presentaría a esta cita con las gráficas de la monitorización que se realizó el 23 de abril, cuando acudí por mi propio pie al hospital, para comprobar el bienestar de mi bebé. Gráficas que, desde el primer momento, se negó a entregarme. Y me encantaría que usted me señale, en estas gráficas, dónde aparecen señales de malestar fetal. Pero esto es imposible, y lo sabe perfectamente, porque no existen tales indicios. Y esto no lo digo yo, lo dice mi matrona privada, lo dice el ginecólogo que hizo el peritaje del juicio y lo dice hasta la matrona del HUCA que, ese día, redactó un informe en el que cualifica dicho monitor de “normal y tranquilizador”.

 

Recuerdo perfectamente cómo, ese día, cuando le dije que quería pensarme la inducción, usted me contestó: “entiendo que tienes una idea muy clara de cómo quieres que sea tu parto. Pero olvídate, ya te pasaste de la semana 42, no vas a tener un parto bonito”. Recuerdo perfectamente cómo, llorando, le pregunté a mi matrona si todavía podía tener un parto bonito. Y ella me dijo que sí. Y, sin embargo, no pudo ser. Gracias a usted. 

 

Porque podría haberse quedado ahí: usted consideró que había un riesgo (aunque las pruebas realizadas ese día no presentaban ningún indicio de tal riesgo) y yo que la inducción también conlleva riesgos. Podría haberse quedado en un informe redactado por usted en el que se dejaba por escrito que usted me informó, me advirtió y yo decidí seguir con un parto en casa. Pero no fue así.

 

No fue así porque usted estaba convencido de que debía actuar en médico superhéroe y salvarme de mí misma, salvar a mi bebé de su irresponsable madre. 

 

Puedo entender, si usted va a asistir un parto, que haya responsabilidades que no este dispuesto a asumir. Lo puedo entender, aunque no lo comparta. Pero una vez haya decidido asumir yo los riesgos y llevarlos fuera del recinto hospitalario y de su responsabilidad, ¿qué necesidad había de traerlos ahí otra vez y a la fuerza? 

 

Recuerdo cómo usted me dijo, después del ingreso forzoso y mientras yo aguantaba el dolor de las contracciones: “ahora, haga lo que haga, me lloverán críticas por todas partes”. ¿Sabe lo que le digo? Que se lo ha buscado usted solito. Poniéndose en el peor de los casos, si hubiese nacido mi hija muerta en mi casa, nadie le habría reprochado nada a usted. Así que no, no me venga llorando.

No había “bajadas”, no había “variabilidad mínima”, no había mayor “riesgo de hipoxia fetal” o de “muerte intrauterina” que en cualquier otro parto. Sin embargo, hubo paternalismo, intimidación, humillación, reproches, complicaciones debidas a sus intervenciones y que condujeron a una cesárea, hubo tactos a la fuerza, hubo mentiras, hubo engaños, hubo de todo, menos un parto bonito.

 

Y sí, por supuesto, le guardo un rencor que, por mi propio bien, espero poder olvidar algún día, pero no es por eso por lo que escribo esta carta. La escribo con la esperanza de que usted, que está considerado como uno de los mejores médicos de este hospital, se de cuenta de que no ha actuado como debía y si es, como dicen, “el mejor”, empiece a reflexionar para dejar de ser el mejor de los peores y se convierta en el mejor de los mejores.

 

Porque el 25 de abril, después de una noche de ingreso forzoso y mientras yo seguía con contracciones, usted entró en mi habitación junto a otros dos hombres y una mujer. Recuerdo que uno de ellos sujetaba una hoja de papel doblada y empezasteis a contarme, señalando dicha hoja, que por la mañana habíais recibido otra orden judicial, que esta orden estipulaba que el bebé tenía que nacer ya y que, para eso, teníais derecho a realizar cualquier intervención, con o sin mi consentimiento, que esta orden os mandaba ponerme vigilancia las 24 horas y provocar el parto. También me contasteis que, dado que el parto había empezado espontáneamente, estabais dispuestos a no cumplir dicha orden a cambio de que yo aceptara someterme a las pruebas que ustedes considerasen oportunas. Por supuesto, se trataba de pruebas para las que ya había expresado mi rechazo. Y, obviamente, nunca hubo ni rastro de esta supuesta segunda orden judicial. Esto se llama mentira, chantaje e intimidación. Y no, NO ES DIGNO DE LOS MEJORES.

 

Porque el 25 de abril, después de haber expresado repetidas veces que estaba en contra de que se me realizase un tacto, usted me dijo que no importaba que estuviera de acuerdo o no, porque usted tenía una orden judicial respaldándole. Cuando solicité que me lo realizara mi matrona privada que se encontraba en el hospital, usted se negó e introdujo, en contra de mi voluntad, dos dedos en el fondo de mi vagina. Esto, se llama violación intraparto, y, aunque no lo admita, asuma que, como mínimo, se llama humillación. Y no, NO ES DIGNO DE LOS MEJORES.

 

Porque el 25 de abril, usted insistió en que había que realizar una prueba que requería romper artificialmente la bolsa y que, para esto, tenía que acceder a ponerme la epidural. De hecho, me presentó esta prueba como esencial, pero se negaba a hacerla sin epidural. Más tarde, romper la bolsa provocó complicaciones y la epidural me provocó una reacción posiblemente alérgica. Pero el día del juicio, usted afirmó que yo había solicitado la epidural, la prensa estuvo encantada de decir que yo no tenía ni idea de lo que significaba parir en casa puesto que no había sido capaz de parir sin epidural y que, menos mal que estaba en un hospital ya que mi parto acabó en cesárea… Pero no pedí la epidural y la cesárea fue consecuencia de sus intervenciones. Esto se llama coacción y manipulación de la realidad. Y no, NO ES DIGNO DE LOS MEJORES.

 

Porque basar su defensa en hechos que no existieron nunca y fueron pronunciados por primera vez el propio día del juicio, es inadmisible, pero es lo que hizo. Por ejemplo, cuando usted le dijo al juez que mi embarazo era de riesgo cuando, qué casualidad, no se mencionó ni una vez en mi historia clínica a lo largo de todo el embarazo y el parto. O cuando usted inventó, en su informe pericial, factores de riesgo que no aparecían en la historia clínica. O cuando usted declaró ante el juez que mi bebé estaba en una posición que hacía imposible un parto vaginal. Qué raro no habernos propuesto, tanto a mí como al juez, una cesárea en vez de la inducción, si un parto vaginal era imposible, ¿no? Porque esta posición, usted la conocía desde antes del ingreso… Esto se llama juego sucio, justificación dudosa y manipulación. Y no, NO ES DIGNO DE LOS MEJORES.

 

Por ahora, usted no es más que el MEJOR DE LOS CANALLAS y me ha robado, así como a mi hija, lo que iba a ser el día más importante de nuestras vidas, convirtiéndolo en una horrible pesadilla. Por eso no dejarán de lloverle críticas por todas partes. No dejaré de luchar. Porque no puedo permitir que lo que me ha hecho se ponga como ejemplo de buena praxis. No puedo permitir que mi hija, que un día será mujer, crezca en un mundo así y lucharé para que ningún médico con complejo de superhéroe vuelva a pisotear los derechos de las mujeres y de los bebés que gestan.

 

Seis meses después de nacer mi hija sigo con pesadillas y, aunque no deseo que usted también, sí que deseo que se dé cuenta de lo que ha hecho.  Por muchos partos que haya asistido, usted nunca ha parido, a usted nunca les han faltado tanto al respeto en un momento de tal vulnerabilidad. Le deseo que asista muchos más partos, pero, sobre todo, deseo que los asista desde el respeto y la posición que le corresponde. Usted no es ningún dios autorizado a jugar con las vidas ni a decidir si vale más arriesgar la vida de una mujer, la de su bebé o la de los dos. 

 

Ninguna madre está menos preocupada por su bebé que por ella misma. Y ningún paciente, por poco formado o informado que usted le considere, puede ser silenciado en nombre de la “autoridad” que le confiere su bata blanca.

 

Noviembre 2019