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CARTA A LOS POLICÍAS

Señores Policías,

Vuestro trabajo consiste en proteger el pueblo, no en cumplir órdenes a toda costa y a cualquier precio. Sí, tenéis obligación de cumplir órdenes. Pero, por una parte, la orden debe ser legal y, por otra parte, al cumplirla, tenéis obligación de mantener la integridad física y moral de las personas involucradas.

 

Cuando os presentasteis en mi casa, no sabíais que estaba de parto, pero cuando mi matrona abrió la puerta, os lo explicó. Y esto, como mínimo, debería haberos hecho plantearos si la orden judicial seguía teniendo razón de ser.

 

¿De qué se supone que estabais protegiendo a mi bebé? ¿De un parto que tardaba en llegar? Pues había llegado.

 

¿En qué mundo se amenaza con escopetas a una mujer de parto por no parir lo bastante rápido? Vale, no teníais escopetas, pero sí me amenazasteis con “hacer uso de la fuerza". A mi, una mujer embarazada en pleno parto ¡Menuda vergüenza! 

 

Mi matrona, mi marido y yo suplicamos un “¡NO!”. No sé qué pasó por sus cabezas, pero yo pensé que recibiría golpes si me oponía. Me acordé de todas las imágenes de manifestantes pacíficos recibiendo palizas, perdiendo un ojo, arrastrados por el pelo por luchar por una causa que les parece justa. Me imaginé dar a luz con la cara ensangrentada, el cuerpo cubierto de moratones y las manos esposadas. Me imaginé recibir un golpe en la barriga y que mi bebé naciera muerto. 

 

No puedo dejar de preguntarme si todo habría sido igual de haber mandado a mi casa a dos policías mujeres. Tengo la sensación de que sí lo hubieran sido, aunque no cambiara el resultado final, al menos habría temido menos sus amenazas. Y es que de repente me vi rodeada, en el pasillo de mi casa, de hombres decidiendo por mi y mi bebé sobre un asunto del que no serán nunca protagonistas.

 

Cuando llamasteis a mi puerta, yo estaba desnuda en una piscina, de parto. Sumergida en el agua y en el camino íntimo del nacimiento de mi hija. Antes de picar a la puerta, en casa había un cálido silencio apenas interrumpido por voces que me preguntaban cariñosamente cómo me encontraba, si tenía frío, hambre, dolor, miedo… Mi marido estaba feliz, mi matrona me transmitía paz, mi bebé se movía conmigo. Me dolía, sí, por supuesto, muchísimo. Estaba esperando a que mi bebé recorriera, a su ritmo, el camino que le llevaría hasta mis brazos. Estaba rodeada de mis ángeles, honrando mi trabajo y respetando mi cuerpo como el templo sagrado que era antes de que contribuyerais a su profanación. 

 

Cuando llamasteis a mi puerta, estaba centrada en mí, en mi cuerpo, en mi bebé. Estaba manteniendo la calma ante el dolor y los miedos racionales que puede suponer un parto. Estaba acompañada por profesionales cualificados y rodeada de gente que me amaba y respetaba. Estaba bien, y mi bebé también. 

 

Vuestra irrupción en mi mundo sagrado, tan violenta como un choque de trenes, nos puso en peligro.

 

Los seres humanos somos mamíferos, y los mamíferos, cuando oyen un peligro detienen su parto para ponerse a salvo. Su intervención detuvo mi parto. Una pena cuando el “problema” precisamente era que no iba bastante rápido ¿no?

 

Pero hay más, veníais con una ambulancia y en ella, dos profesionales sanitarios. Bien, cuando comprendimos que no podíamos evitar el traslado porque nos arriesgaríamos a su “uso de la fuerza”, mi matrona les pidió que pasaran para comprobar que estaba de parto y les aseguró que tanto yo como mi bebé estábamos bien. Su respuesta nos dejó sin palabras. Contestaron que no, porque no eran ningunos “especialistas en partos”. Es decir, delante de vosotros, declararon no tener conocimientos suficientes para atender un parto, pero aún así, a vosotros os pareció que proteger a mi bebé era meterle, a la fuerza, en esta ambulancia y no permitir que me acompañaran ni mi matrona, ni mi marido. Luego soy yo la irresponsable… ¡Buscadle lógica vosotros, porque yo no la encuentro!

 

Señores policías, habéis entrado a mi casa a sacarme de un entorno seguro para llevarme a la fuerza y de mala manera, a parir en un hospital. Habéis levantado la voz, habéis amenazado, nos habéis puesto en peligro, habéis olvidado en qué consiste vuestro trabajo. De las mil caras que me crucé durante mi parto, las vuestras son las únicas dos que no recuerdo pero vuestra voz sigue presente en mis pesadillas.

 

Antes de mi parto, cuando yendo en coche oíamos las sirenas de una ambulancia, nos apartábamos apresuradamente, satisfechos de haber contribuido, humildemente y a nuestra pequeña escala, al rescate de una persona. Hoy en día, si esta ambulancia viene acompañada de un coche de policía, lo hacemos preguntándonos si estamos participando en otro injusto y cruel secuestro. ¡Sois la vergüenza de vuestra profesión!

 

Noviembre 2019